El cosmos aristotélico

El cosmos aristotélico
Fue el modelo de cosmos aristotélico, que había sido aceptado como paradigma del universo durante siglos en el mundo cristiano, el que Galileo y sus coetáneos tuvieron que enfrentar en el inicio de la revolución científica.
   En el siglo IV a.C., siglo en el que se desarrolla la vida de Aristóteles, la teoría del universo de las dos esferas había sido ya ampliamente aceptada por los filósofos griegos, en detrimento de otras concepciones cosmológicas alternativas, como las defendidas por las escuelas pitagórica y atomista o el sistema heliocéntrico de Aristarco. El modelo de las dos esferas postulaba, en su origen, que el universo estaba conformado por dos esferas: una gigantesca en rotación, que arrastraba con ella a las estrellas, que entonces se suponían fijas en su posición, y una segunda esfera constituida por la Tierra,  mucho más pequeña e inmóvil, situada en el centro de la primera.
   Este modelo constituyó el paradigma sobre el que en la Antigüedad y la Edad Media se articularon diferentes teorías acerca de la organización de los cielos. El modelo era fácil de acomodar al movimiento del Sol y la Luna, pero presentaba graves problemas cuando se trataba de ajustar la teoría de las dos esferas, caracterizada por movimientos regulares y esferas concéntricas, al problema planteado por el movimiento de los otros astros errantes, los planetas, especialmente el movimiento de retrogradación. Este movimiento consistía en que los planetas, al tiempo que se desplazaban lentamente hacia el este, mostraban un breve pero extravagante movimiento hacia el oeste. Cada uno retrogradaba con periodicidades diferentes; así, Mercurio lo hacía cada 116 días, Venus cada 584, Marte cada 780, Júpiter cada 399 y Saturno cada 378 días.
   Para ofrecer una solución a este problema, Eudoxo aventuró en el siglo IV a.C. una solución basada en aumentar el número de esferas, donde «cada planeta se halla situado en la esfera interior de un grupo de dos o más de ellas, interconectadas y concéntricas, con rotación simultánea en torno a diferentes ejes» [1], manteniéndose la Tierra como centro común a todas las esferas. El modelo de Eudoxo contaba con 27 esferas, que fue ampliado hasta 34 con el refinamiento que introdujo su discípulo Calipo.
   Pero Eudoxo y Calipo no pretendían conceder una naturaleza real a su modelo. Para ellos era tan solo un constructo matemático que pretendía ofrecer una solución al movimiento de retrogradación de los planetas.
   Siendo éste el sistema sobre el que Aristóteles construyó su cosmología, decidió ir mucho más allá. Desechó el carácter exclusivamente matemático del modelo de esferas de Eudoxo y le dotó de una existencia física real. Ahora las esferas pasaban a tener un naturaleza corpórea. Según Aristóteles, las esferas estaban compuestas de éter, un elemento incorruptible, eterno, perfectamente transparente, y que se caracterizaba por un movimiento intrínseco circular y uniforme. Cada planeta quedaba engarzado como un diamante a su correspondiente esfera, que como todas las demás, se encontraba en rotación circular. No eran los planetas los que se movían en el espacio, sino las esferas en las que los planetas están encastrados. Para dotar de coherencia al modelo aumentó el número de esferas hasta 55.
   En su Fisica, Aristóteles había introducido el mecanismo de la transmisión del movimiento por rozamiento y un mundo físico que no permitía discontinuidades. Siendo así, el funcionamiento de su sistema hacía necesario introducir una cadena continua de fricciones entre los caparazones celestes, llenando las esferas todo el espacio del universo, para permitir la transmisión del movimiento del conjunto de esferas de un planeta al siguiente.
   Aristóteles dividió el cosmos en dos regiones: el mundo sublunar y el mundo supralunar. El mundo sublunar se identificaba con la Tierra, es decir, con todo aquello que estaba situado por debajo de la esfera de la Luna, sin contenerla. Se caracterízaba por el cambio en forma, peso, sustancia, o cualquier otra cualidad. Se trataba de un mundo corrompible. Todos los cuerpos del mundo sublunar estaban formados por cuatro elementos: tierra, agua, aire y fuego. Por contra, el mundo supralunar estaba constituido por la esfera de la Luna y todo aquello que se encontraba más allá. En este mundo la única materia existente era el éter, incorruptible, perfecto, caracterizado por el orden y la armonía.
   La cadena de movimientos se iniciaba en el primer cielo, el de las estrellas fijas, que lo obtenía directamente de la acción de Dios, el cual actuaba como motor inmóvil. A partir de ahí el movimiento se iba transmitiendo a las demás esferas por fricción, dado que cada esfera se encontraba en contacto directo con la inmediatamente superior e inferior.
   El universo aristotélico no tiene principio ni final. Es inengendrado, eterno, existe desde siempre y carece de historia, por lo que no hay posibilidad alguna de hacer una cosmogonía acerca del mismo. Es esférico, geocéntrico y geostático. Además, es finito y no está en el espacio. Esto es así porque si ocupara un espacio habría un algo, que no es el universo más allá del universo mismo (que es todo lo que hay o existe), y esto es imposible. La pregunta sobre el más allá del universo o sobre dónde está el universo es ilegítima. No hay un recipiente (espacio) que abarque el universo como si éste fuera una cosa. Más allá del universo mismo no hay nada porque él es todo lo que hay.
   La cosmología aristotélica es teleológica, dado que el fin (telos) es inmanente e intrínseco a la materia. Todo el universo está dirigido a un fin, que no es otro sino el mantenimiento del orden cósmico. Esta explicación puede parecer extraña a la luz de nuestra ciencia positiva, pero hay que entenderla coherente con el carácter metafísico de la cosmología aristotélica. Debemos tener en cuenta como premisa necesaria el carácter de la física aristotélica, así como de gran parte de su cosmología, concebida en realidad como una metafísica de lo sensible. Como indican Reale y Antiseri: «Para nosotros, la física se identifica con la ciencia de la naturaleza en el sentido de Galileo, es decir, interpretada cuantitativamente. En cambio, para Aristóteles, la física es la ciencia de las formas y las esencias» [2].
   Esta concepción aristotélica del cosmos sería dominante en el occidente cristiano hasta la llegada de Galileo Galilei, cuya radical transformación epistemológica puso en crisis el monopolio de Aristóteles en la filosofía natural. Una revolución que supuso su enfrentamiento con la cúpula de la Iglesia, dado que desde la gran síntesis aristotélico-cristiana que tuvo lugar en el siglo XIII, por mediación de Alberto Magno y especialmente Tomás de Aquino, ciertos aspectos del aristotelismo habían pasado a formar parte dominante de la doctrina católica.

Referencias
[1] Kuhn, T.S. (2010), La revolución copernicana: la astronomía planetaria en el desarrollo del pensamiento, Ariel: Barcelona, p.89.
[2] Reale, G. y Antiseri, D. (1995), Historia del pensamiento filosófico y científico. Tomo I: Antigüedad y Edad Media, Herder: Barcelona, p.174.

 

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