Cultura y naturaleza

Cultura y naturaleza
La humanidad se caracteriza por estar atravesada tanto por la naturaleza como por la cultura. Y no hay posibilidad de prescindir de ninguna de ellas si queremos seguir siendo genuinamente humanos.
   Sólo en la medida en que el ser humano abandona la vida natural, puede arrinconar el instinto y disfrutar de los placeres de una existencia más refinada. Pero todo tiene un precio. Y el precio por el abandono de los instintos y el abrirse paso de la razón, es la toma de conciencia y preocupación por la muerte, la percepción reflexiva de que nuestra existencia tiene un final. Paradójicamente, es ahí donde se encuentran las raíces de la cultura.
   Hemos pasado de considerar que lo natural es algo trascendente para lo cultural, a afirmar la supremacía de la naturaleza sobre la cultura. Así lo supusieron exageradamente Thomas Hobbes y Jeremy Bentham en cuanto a lo corporal, al señalar su carácter definitivo, y Sigmund Freud en cuanto a lo psicológico, al formular la omnipresencia de lo mental, y defender que la cultura, para poder realizarse, tiene que reprimir los instintos primitivos del ser humano. Culturalistas y naturalistas se empeñan en robarnos una parte fundamental de nuestra esencia original.
   La cultura facilita el tránsito desde lo natural hacia lo espiritual, haciendo florecer ese carácter dual que nos resume como seres naturales y culturales. Naturales completamente desde Darwin, cuando la teoría de la evolución nos emparentó con el resto de especies animales, lo que nos obligó a aceptarnos como pertenecientes a un linaje que compartimos con los demás organismos del planeta, sin ruptura biológica de continuidad. Y también culturales, como algo que nos distingue del resto de especies, y que nos aporta ese carácter diferencial definitivo dentro del reino animal. Como Pico della Mirandola afirmaba en términos de nuestra libertad: «A los demás seres les he asignado una naturaleza constreñida por las leyes que dicté para ellos, pero a ti te he dejado la definición de esa naturaleza de acuerdo con la libertad que te concedí» [1].
   Ante la imposibilidad de escaparnos del recinto de lo natural, nos mostramos obligatoriamente pasivos, en cuanto los procesos naturales actúan sin nuestro consentimiento al moldear y escoger a los que están mejor adaptados, proceso al que sin remedio nos vemos sometidos. Pero por nuestra conciencia, nuestra capacidad de pensamiento, nuestra lingüística, además de instintivos somos los humanos hacedores de cultura. Somos barro en nuestras propias manos, artífices de nuestro propio destino, más allá de nuestra ineludible determinación instintiva.
   Terry Eagleton apunta a la cultura como generadora de tensiones entre el ámbito de lo racional y de lo espontáneo [2]. Y es que parece difícil establecer la línea divisoria entre el uso de una fría razón que conquista sus objetivos por medio de una estrategia meditada, y una espontaneidad que huye de la razón valiéndose de herramientas más instintivas.
   En este debate entre naturalismo y culturalismo, algunas propuestas destacadas. La naturalista de Patricia Churchland, quien su doctrina del materialismo eliminativo rechaza que ciertos comportamientos sociales y morales sean de naturaleza no biológica, ignorando que muchos de éstos tienen origen en el ámbito de la educación, la organización política y los contextos culturales [3]. La de Karl Marx, quien argüía que cultura y naturaleza están en relación, en cuanto la primera se entiende como una mediación entre lo humano y lo natural por medio del trabajo. Para Marx, el origen de la cultura había que buscarlo en el afán de la humanidad de operar sobre la naturaleza. Y la de Sigmund Freud, para quien más allá de las guerras culturales, más allá de la cultura común, más allá de las políticas de identidad, subyace la cuestión de las restricciones que la cultura impone al ser humano. Freud se ocupó de ello en lo que denominó psicoanálisis aplicado, porque no le fueron ajenas las enormes posibilidades que tenía el psicoanálisis en su utilización para la crítica de la cultura. Si las manifestaciones psíquicas impregnan todo el comportamiento humano, ningún hecho cultural quedaría fuera del marco de referencia psicoanalítico.
   También en el ámbito del debate naturaleza vs cultura, destacar los tres atributos que según John Dupré se constituyen como los más propiamente distintivos del ser humano: el lenguaje, el pensamiento y la cultura. El lenguaje nos rescata de la letárgica vida meramente sensitiva, haciendo las veces de elemento liberador. No habría pensamiento racional sin la posibilidad que el lenguaje nos ofrece de relacionar entes reales o ficticios con símbolos abstractos. Y lo que más nos interesa aquí, no habría posibilidad alguna de aparición de cultura humana sin la existencia previa del lenguaje. Según Dupré, las oportunidades que nos brinda el lenguaje de representar complejos roles sociales, así como de establecer sistemas organizados de educación que posibiliten la transmisión de información de generación en generación, son condición indispensable para la aparición de la cultura. Una cultura simbólica como herramienta imprescindible para la transmisión de ideas abstractas [4].
   Y una reflexión desde dentro de la cultura. Una creación artística es irrepetible sin la existencia del artista. La escultura Apolo y Dafne es inconcebible sin Bernini. Simplemente no habría existido. Ni existiría jamás. Y lo mismo diríamos de El grito de Munch o el Fausto de Goethe. La Teoría de la Relatividad, sin embargo, tarde o temprano habría sido descubierta, independientemente de que Einstein la hubiese formulado en su tiempo o no. En ese sentido, podríamos decir que las teorías científicas existen por sí mismas y están esperando a que alguien las descubra, mientras que las obras de arte solo están en la mente del artista, y sin artista, no hay obra.

 

Referencias
[1] Pico della Mirandola (2002), Discurso sobre la dignidad del hombre (Pedro J. Quetglas, trad.). Barcelona: PPU, pp 50-51. (Obra original publicada en 1486).
[2] Eagleton, T. (2001). La idea de cultura. Una mirada política sobre los conflictos culturales. Barcelona: Paidós.
[3] Un acercamiento a cómo el reduccionismo eliminativo entiende los fundamentos de la sociabilidad de los mamíferos en general y la moralidad de los seres humanas en particular en: Churchland, P.S. (2012). El cerebro moral. Lo que la neurociencia nos cuenta sobre la moralidad. Barcelona: Paidós.
[4] Dupré, J. (2006). El legado de Darwin. Qué significa hoy la evolución. Buenos Aires: Katz Editores.

 

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