El barril de Newton

La controversia sobre las entidades teóricas

Para el realismo científico la aspiración de la ciencia es alcanzar enunciados verdaderos acerca de todo lo que hay en el mundo. Sin embargo, los instrumentalistas defienden que la ciencia no tiene capacidad para establecer qué es y qué no es verdadero, y que a lo sumo puede aspirar a crear teorías evaluables solo por su utilidad.
   Se suele argumentar que el objetivo de la ciencia es describir el mundo, tanto el que nos resulta observable como el que por su naturaleza o dimensiones resulta no observable. Pero esta afirmación no es en absoluto aceptada universalmente, y hay quienes piensan que a menudo la ciencia afirma más de lo que puede garantizar.
   Esta opuesta convicción sobre la capacidad que tiene la ciencia para describir el mundo real, nos sitúa en el ámbito en el que se enfrentan dos teorías rivales, el realismo científico y el instrumentalismo (también llamado antirealismo científico).
   Los realistas defienden que las teorías científicas describen el mundo tal y como es, y que a cada concepto postulado por una teoría le corresponde un ente con existencia real en el mundo. Los instrumentalistas, por su parte, manifiestan serias objeciones a esa afirmación. Para ellos, las teorías científicas no son ciertas ni falsas, y que en realidad no son más que instrumentos que nos sirven para efectuar predicciones o para resolver ciertos problemas, pero en ningún caso están dispuestos a aceptar que todas las entidades que esas teorías describen tengan existencia en el mundo real. Para el instrumentalismo, la ciencia está lejos de describir verazmente la realidad, quedando su función reducida al desarrollo de teorías científicas cuya función no iría más allá que la de ser una herramienta predictiva. Y donde los instrumentalistas hacen un especial hincapié es en la pretensión de la ciencia de otorgar existencia real a aquellas supuestas entidades y procesos que son imposibles de observar directamente. Alegan que la pretensión de una descripción verdadera del mundo a la que aspira la ciencia debe quedar reducido solo a la parte directamente observable del mundo, y que son irrelevantes los enunciados que la ciencia pueda formular sobre la parte no observable.
   Entidades como los átomos, los electrones, los agujeros negros, las fuerzas de atracción o los quarks, todas ellas inobservables, no serían más que entelequias que los físicos han creado para establecer modelos cuya respuesta se ajusta a los fenómenos observados. Se acepta que esos modelos se ajustan a lo observado, pero afirmar que de ahí se sigue que esas entidades subyacentes tienen existencia real es ir demasiado lejos. Para el instrumentalismo, las teorías que afirman describir el mundo en aquellas parcelas que resultan inobservables no son confiables, reduciendo la función de dichas teorías a meros artilugios instrumentales de predicción. La ciencia puede afirmar la existencia de planetas, animales o compuestos químicos, pero nada puede decir sobre la existencia real de los leptones, las funciones de onda o los orbitales atómicos, dado que estas entidades no son observables. Cuando se estudian estos objetos, nunca son sometidos a observación directa, y a lo máximo que tenemos acceso es a unos fenómenos observables que encajan con los modelos que hemos construido a partir de esas observaciones.
   Hay que tener en cuenta que el instrumentalista no rechaza la teoría en su conjunto. Las predicciones que se pueden obtener a partir del cálculo obtenido con ellas son aceptadas sin alegar ningún inconveniente, y no ponen objeción a la veracidad de los enunciados obtenidos a partir de una observación directa. Lo que se rechaza de plano son las entidades teóricas situadas más allá de lo observable. La ciencia no tendría posibilidad alguna de establecer enunciados fiables sobre lo que queda fuera de lo directamente observable. El realista, sin embargo, asume el compromiso de que las entidades que surgen de las hipótesis teóricas son verdaderas, y que por tanto las teorías científicas describen correctamente la realidad del mundo más allá de que podamos observarlo o no.
   En cualquier caso, una cuestión irrefutable es que muchas teorías científicas que postulan objetos inobservables realizan predicciones que son de una gran precisión. Valga como ejemplo el caso de la Teoría Cinética de los Gases. Alegan los realistas científicos que el innegable éxito empírico de la teoría es la base para confiar en que la descripción atómica que hace de los sistemas gaseosos es verdadera y confiable. Llaman a esto el ‘argumento de los no milagros’, puesto que, para ellos, sería una asombrosa coincidencia que la teoría hiciese predicciones tan exactas y rigurosas si no fuera porque los átomos existen, tal y como la teoría reivindica.
   Pero esta argumentación no pone, ni mucho menos, fin al debate. Los instrumentalistas suelen alegar, para destruir el argumento anterior, que a lo largo de la historia de la ciencia se han postulado entidades que han proporcionado una muy conveniente forma de realizar predicciones, y que con el tiempo devinieron en falsas. El caso de la teoría del flogisto sería un ejemplo para ellos manifiesto, una hipótesis que gozó durante años de un gran éxito empírico al ajustarse extraordinariamente bien a los datos obtenidos mediante experimentación, y que aun a pesar de esa fiabilidad fue con el tiempo totalmente refutada.